Es difícil intentar dormir rodeado por la conmoción inherente de un avión: hay anuncios de la tripulación, gritos penetrantes de bebés, etc. El dibujo de nuestro avión en el mapa se acercaba a nuestro primer destino: Paris. El sonido del viento alrededor del avión y la turbulencia ocasional fueron las únicas pistas que me recordaban que estábamos volando a 33.000 mil pies de altura. El capitán de nuestro vuelo avisó que estábamos muy cerca de Paris y que debíamos sentarnos en nuestros asientos con los cinturones. En esos momentos, cuando descendíamos por entre las nubes, miré por la ventana y observé grupos de luces que formaban pueblos y los coches pequeñitos que parecían tener vida propia: eran como las estrellas en el cielo que forman constelaciones.
Como unos zombies, desembarcamos del avión y respiramos el aire frío francés. Subimos a un bus que nos llevó a la terminal. Corrimos de un lado de Charles de Gaulle al otro en menos de cinco minutos; ¿de dónde surgió esta reserva de energía para correr este esprint a través del aeropuerto? Nadie lo sabe. Mi recuerdo del aeropuerto, a causa de la velocidad con la que andábamos, es una mezcla amorfa de colores, sonidos, y texturas que representan distintos individuos, cada cual con su propio destino. La seguridad en Francia fue mucho más relajada que la de los EEUU; no fue necesario quitarnos los zapatos, los trabajadores estaban tranquilos, no habían colas de proporciones exageradas, y sobre todo fue una experiencia tranquila. Segundos después de recuperar la respiración, subíamos a un avión de nuevo, hacia Valencia. Me senté en la silla al lado del pasillo con Kameron y Alex.
¡Dos horas en el aire y ya habíamos llegado a Valencia! Desde el avión, podíamos ver el mar reflejando la luz poderosa de sol y la tierra parda y montañosa. La tripulación hablaba tan rápidamente en español que era imposible comprender. Cuando oí ingles, pensé que todo será obvio: no fue así. El inglés de la tripulación era imposible de entender también excepto el “Thank you!” corto al final de lo que sonaba a hispano-inglés. Como patitos, seguimos a la Prof. Alpañés a recoger nuestro equipaje. Como en una procesión se entregaban las maletas a sus respectivos propietarios. La madre de la Prof. Alpañés estaba esperándonos. Probablemente porque no habíamos tenido ningún problema hasta ese punto debíamos haber predicho lo que ocurrió después. La cinta de las maletas paró. ¡Cuarto personas estaban sin sus maletas! Pero la amable compañía de avión les dio una caja con objetos de primera necesidad: una camiseta, un cepillo de dientes, dos Q-tips, un desodorante líquido y otras cosas indispensables.
Por el metro, salimos del aeropuerto y entramos en Valencia. Todos los nombres de las paradas estaban en valenciano; algunas de mis favoritas incluyen Quart de Poblet, Xativa, Avenida del Cid y Aragón (nuestra parada). Hacía un tiempo fantástico y un viento refrescante. La entrada del metro tenía una escultura de metal que me pareció un gusano enorme metálico y brillaba en el sol. Después de poco rato, encontramos el estadio de fútbol donde juega el equipo valenciano. Al otro lado de la calle hay un restaurante deportivo que se especializa en tortillas españolas con pan, sándwiches con bacón, y los kebap (una comida similar al gyro pero de origen turco). Comimos afuera en la calle y todo estaba muy tranquilo. Era día festivo y por eso todo estaba tan silencioso.
Después de comer, encontramos a nuestras familias de intercambio. Cuando Kam y yo llegamos, toda la familia estaba preparando una fiesta. No una simple fiesta sino el cumpleaños de la nieta de nuestros padres de intercambio. Disfrutamos conversando con la familia, comiendo comida tradicional de Valencia y Cuba. Por ejemplo, jamón y queso, turrón (un dulce de almendras y azúcar hecho en Alicante), higos secos con nuez (Paco comentó que parece un cerebro humano) y probamos un poco de vino valenciano. Hablamos de la crisis política y la influencia que EEUU ha tenido en el mercado global, el desempleo y la economía. También, nos dijeron a Kam y a mí los sitios que tenemos que ver: 1) la catedral donde hay el tribunal de las aguas que ha existido hace siglos y 2) un parque que fue creado a causa de remodelar el río. Todavía mi mente está funcionando… aunque mi cuerpo desea dormir. ¡Buenas noches!
Sí, es difícil dormir en un avión con todo el ruido. A mí, me gusta mucho volar, pero cuando los bebes me despertaron, estuve un poco enojada. También, estoy contenta de que Profesora Alpañés supo como moverse en el aerupuerto, porque yo no sabía como.
ResponderEliminarEmily
Sí, el viaje en avión de Pittsburgh a París fue malo. Yo no podría dormir porque ellos siempre le interrumpían con algo. Nosotros también nos encontramos con un poco de turbulencia. Correr por el aeropuerto de París fue horrible. Lo odié. El viaje de avión a Valencia estuvo bien y la vista fue increíble una vez que llegamos.
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